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Al abrir
comillas la cita- buena pues va en el coro de
esta tremenda gaita – nos dice con lo salío
maracucho: “por las calles empedradas de mi
barrio se veía al aguador que traía agua en
tinajas colgadas y al grito llegó el agüero la
vendía sin demora”. Así de una pincelada, el
señor buen gaitero Ricardo Portillo, retrata la
polvorienta zulianidad de postrimerías del siglo
XIX e inicios del XX.
La gaita zuliana; de fuelle nostálgico,
bullanguera, salía, respondona, debería tener
entre sus tornillos y tuercas gaiteras tres
condiciones, según nuestro humilde entender y
descomunal ignorancia del tema: afinación y
ritmo zulianos, (letra reflejadora del sentir
zuliano Empedraero, Saladillero, Sanfranasquero,
Cabimero, Cañadero y más), y un buen globo
multicolor donde quepan la tradición, la
historia, la protesta y lo regional zuliano.
Al arrear su burro el aguador, el maracucho
“creció” en años y experiencia debe de sentir
que la nostalgia se le incrusta por los poros y
su mundo, felizmente vivido otrora, atisba con
mirada propia las casimbas, las totumas,
pimpinas, el pintoresco personaje en su burro
calmando la sed del pueblo; personaje superado a
fuerza de progreso y modernidad pero que en su
tiempo ya transcurrido, tuvo gran valor para que
nuestro abuelos no se muriesen de sed.
Entre una “chupa chupa”, con toda la tremenda
influencia de don Simón Díaz y un "Cántame”
sencillo, profundamente zuliano, con los tres
tornillos o tuercas del ritmo, el sentir de la
región y la tradición pareciera que en el
criterio de los jurados empujasen graciosamente
la amistad, las componendas, el papelito de
última hora y un sin fin de cosas desconocidas
para quienes nada sabemos de gaitas ni grupos
gaiteros que le dejan a muchos un aire de
incredulidad, de desconcierto y de pena ajena,
pero repetimos con honestidad: nada sabemos de
gaitas pues de otra forma, en su tiempo, le
habríamos dado el triunfo a Canción de Bronce,
aquella gaita tierna y bellamente interpretada
por Priscarlina Vilchez.
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